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OPINION
Ladrones
de Futuro
Paola
Pasquali
En la creciente lista de
antejuicios contra este gobierno debería existir el de robo de futuro,
con malversación de ilusiones.
El pueblo venezolano está
sumergido en un estado de narcolepsia tan sólo interrumpido por
discursos monotemáticos en torno a la situación actual del país. Nos
encontramos embarrados en una paupérrima inmediatez, viviendo el día a
día con visiones que no trascienden el mañana inmediato. Nuestra
agenda del día está pautada por interpelaciones, grabaciones ilícitas,
contramarchas, acusaciones absurdas y refutaciones sin sustento.
En estos tres años se
nos ha deformado nuestro pasado con visiones distorsionadas y
acomodaticias de nuestros ancestros. Nuestro pasado, asidero de memorias,
terreno para nuestras raíces, ha sido desmembrado, grotescamente
reinventado.
Nuestro presente,
mediocrizado y banalizado, nos hace testigos en el día a día de una
barbarización de nuestra sociedad. Los nuevos preceptos de moralidad
chavista justifican la mentira, el robo y el crimen en nombre de una
"revolución" popular. Nuestra noción del bien y del mal ha
quedado desfigurada por los personeros gubernamentales cuya investidura
les permite permear sus mensajes transfigurantes y perversos.
Del futuro, poco podemos
decir. No es ni tan siquiera visible. Nos sentimos como un pueblo de mar
a quien se le ha construido un muro de contención a la orilla de la
playa, escondiendo la línea del horizonte.
Toda visión de futuro,
todo sueño, truncado. A los venezolanos se nos ha negado esta necesaria
ventana. Aquellos senderos que nos trazamos basados en la excelencia y
el progreso son vistos por el gobierno como elementos subversivos,
actitudes golpistas y obstaculizadoras de un plan que pretende
maniatarnos a un presente decadente. En el lenguaje gubernamental, la
piel blanca, las palabras oligarquía y corrupción han pasado a ser sinónimos.
Las casas de estudio superior, centros de perversión
antirrevolucionaria.
Somos unos ciudadanos de
confuso pasado, avasallante presente y privados de futuro.
Debemos trazar caminos.
Recuperar nuestros sueños. Los eventos del 12 de abril son la mejor
demostración de esa falta de visión, de esa catastrófica pero casi
risible improvisación que trajo como resultado nuestra actual situación.
Es de vital importancia
que concentremos nuestros esfuerzos para derrumbar ese muro que nos
impide ver mas allá del hoy, trazar proyectos concretos que nos
indiquen el camino a seguir.
Articulista
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TAL
CUAL LUNES 5 DE AGOSTO DE 2002 |
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L
Manualito de ética para confesores
revolucionarios
Si usted es de
los que piensan que lo más espantoso que pueda ocurrirle a un
viajero es la perspectiva de un secuestro terrorista de su avión,
déjeme decirle que hay algo peor: visitar una librería de
aeropuerto. En ellas podrá constatar que siglos de estudio y
sabiduría en los más diversos ámbitos han quedado reducidos a
manualitos de autoayuda, librillos de pocas páginas con
instrucciones claras y precisas, enumeradas y clasificadas en
degradée como creyones en una caja de Prismacolor.
Desfilarán ante
sus asombrados y horrorizados ojos, títulos del calibre de: Cómo
atrapar un hombre en 6 cómodas lecciones, Sea feliz en un tris,
De buhonero a empresario en tres días, Cúrese la candidiasis
vaginal con el poder de la mente y el siempre presente Cocina práctica
a partir de desechos.
En países que
asumen este tipo de literatura (sic) con algún sarcasmo, los títulos
van precedidos de un How to bluff your way in..., que se
traduciría aproximadamente en: Meta la coba en.... En los
puntitos que siguen a esta frase, nuestro ávido lector de
conocimientos predigeridos ubicará el tema de interés del día,
producto de una conversa de cafetín o sugerido por el reality
show que vio ese día, en televisión, a la hora del desayuno.
Estamos pues ante
la presencia de una suerte de fast food cultural o, para
entendedores, una tropilonchera de conocimientos.
Mirando nuestro
entorno político -donde la realidad orwelliana supera con
creces cualquier ficción- llegamos fácilmente a la conclusión
de que, ante la ausencia de algo mejor, un compacto manualito de
filosofía estilo aeropuerto podría llenar, aunque sea
parcialmente, este vacío estructural.
Esta guía práctica
de filosofía desacidificada, algo así como filogastro, para
ayunos morales, podría estar a la venta en los más concurridos
aeropuertos y de distribución gratuita en nuestros ministerios.
Un Conny Méndez de Etica o Diet-Aristóteles.
El formato sería
muy chiquitito, tamaño bicha, y su contenido evitaría
referencias fastidiosas a Hipócrates, San Agustín o Juan Nuño.
Su lenguaje sencillo y desarrollado paso a paso, cual método
Yamaha.
Cualquiera que
fuere el título, debería incluir un apéndice llamado "Procedimientos
políticamente correctos para psiquiatras y confesores de
revolucionarios", donde se le enseñaría a estos señores
-tradicionalmente "suprapartes" y vinculados por
juramentos a Dios e Hipócrates al secreto profesional- la
inconveniencia de declarar desfachatadamente en los medios su
apoyo a una revolución o, como en el caso del cura Gazo, sacar
a relucir las intimidades --con fines políticos- de un
confesado para desprestigiarlo, máxime si dicho confesado es la
esposa de un presidente en ejercicio.
Promocionar este
manual de agradable lectura nos debería reducir el riesgo de
ser atropellados con frases como: "Mi filosofía de vida es...",
"Cada quien tiene su verdad", y quizás, con algo de
suerte y un buen marketing, llegue a manos del confesor
revolucionario, quien, posterior a una lectura detenida y
meditada, evite la bochornosa situación de salir por prensa a
jactarse de ser el confesor de una figura pública y utilizar el
secreto de la confesión para darnos el tubazo del día.
Paola Pasquali
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Más
Celia que nunca
Paola
Pasquali
amarena@cantv.net
El tránsito de Celia
– en majestuosa peluca,
lentes sobredimensionados y bemba
colorada- por la sofisticada Quinta Avenida, cual entierro de mandatario
de primer mundo, es un canto a nuestra América costeña, la proskínesis
anglosajona a nuestra
sirena de cantos azucarados.
Muy por
encima de ser la bandera de
la Cuba en el exilio, Celia es el asta
de un mundo que está
en la búsqueda de un merecidísimo espacio. Su sonoridad, sus
hilarantes atavíos, sus rojas uñas en garra, no fueron sino
apéndices en un ser, cuya tenacidad,
principios democráticos, amor por su familia
y por la gran América representa, para muchos, el orgullo de ser latino.
Intentar
ocultar su existencia, con una ingenua prohibición hertziana de su
potente voz e incluso,
ignorar su despedida, como
alguna borrosa copia de papel carbón ha pretendido hacer, es como
renegar Hera
a favor de un predestinado y filicida Cronos, actos que navegan
entre los mares de
la torpeza y
la estupidez.
Por
donde una voltee, hay Celia.
Perspira
Celia la dama legalista que taconea por los corredores de los tribunales
con argollas de oro, en franca sobredosis
de maquillaje y ajustada en un taller
de lino cuyos botones amenazantes luchan por contener voluptuosas
protuberancias siliconadas.
Hay
Celia en cada niño de nuestras costas que
vende, con mirada pícara, afrodisíacos mariscos
de dudosa cocción, a impúdicas féminas rollizas cuyas carnes,
adheridas a bañadores como mallas de embutidos se
acoplan a caballeros de discordante estado civil que ocultan
cualquier sugerencia fálica tras una leudada falda adiposa.
Y, ¿Donde
me dejan a
diosa Celia en
cada mujer que atiborró las peluquerías aún
en días de paro cívico? Y, ¿en
las compradoras que
gritando a viva voz que están de primeras en una cola inexistente, intentan
adquirir nerviosamente ingredientes
para unas nunca faltantes hallacas sólo para que sus hijos puedan
jactarse con aquel lugar
común hallaquiano, aunque mamá sea una emigrante y sus envoltillos de
polenta merezcan, más que
un elogio, un digestivo?
Poseída
por Celia, baila tambores la novia, mantuana a ultranza, mientras su
delicada mano recoge el blanco vestido de firma adornado con sus 12
apellidos de encajes.
Celia no
ha muerto. Nos está simplemente dando un espaldarazo. Su desfile es un
sacudón a nuestra golpeada
autoestima, un último y
guapachoso “Dios me los bendiga” dirigido
a los que con orgulloso llevan mar
Caribe en sus venas.
En las
circunstancias actuales, la capacidad de asombro es sinónimo
de sensibilidad, de humanitas. La sociedad venezolana con
sus militares que baten mujeres por el suelo, eructan a
micrófonos ante la mirada complacida de superiores y
apedrean el ataúd que contiene los restos aún tibios de
un sacerdote recién fallecido de cáncer se ha convertido
en lo que el escritor Paul Steinberg calificaría, sin
titubeo, una verdadera maquinaria de la deshumanización.
Intento encontrar, por mera sobrevivencia, algún vestigio
humanizable en el grupo social que permite que sus almas
sean envilecidas por esta obra de animalización.
Recuerdo haber leído algunos años atrás unas
reminiscencias del escritor español Semprún, quien
decidió regresar al campo de concentración de Buchenwald
donde había sido prisionero durante algunos años de su
vida. Quería visitar una pequeña casa en la colina, que
él lograba divisar desde su cautiverio.
A la amable señora que lo recibió le pidió que lo
llevara al balcón con vista a las chimeneas del campo y
le preguntó qué pensaba cuando el aire, impregnado de
cenizas se saturaba de muerte. Su respuesta: "A mí
también me mataron un hijo".
Escuché esa respuesta años después cuando, en una
discusión con una simpatizante del actual gobierno,
molesta por la colocación de la media asta que
conmemoraba las muertes en la plaza Altamira, me dijo:
"Yo tuve que llorar la muerte de un hijo a solas. Que
cada quién se llore el suyo".
En otra ocasión, estando en una reunión donde se
comentaba el triste accidente que postraría en cama a un
gran profesor amigo, uno de los presentes comentó, en son
jocoso: "¡Quién le manda a ser chavista!".
Hace pocos días, un compañero de estudios de mi hija, al
enterarse de la muerte del Cardenal, lanzó una sonora
carcajada en el salón de clases cuando la profesora
comentó la posibilidad que la muerte hubiese sido por cáncer
de mama. El joven exclamó entre risas: "Vaya colmo
para un hombre: morir de cáncer de mama".
No dudo en que se puedan reestructurar las empresas y
hospitales destruidos en estos años de debacle. Pero, ¿correrán
la misma suerte nuestros maltrechos espíritus o
quedaremos, como por magia de Circe, en los animales que
nos han convertido?
Paola Pasquali
amarena@cantv.net
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Manual de desechos
Cubanet. La Habana, 27 de septiembre del 2002.
Fuerzas combinadas de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR) y del
Departamento Técnico de Investigaciones (DTI) arrestaron la semana pasada
a más de 300 personas que ingerían alimentos recogidos en los tanques de
basura de los hoteles ubicados en la capital del país y en provincia La
Habana".
Mientras aquella bienaventurada isla resuelve el problema de los "buzos"
con la vieja artimaña del out of sight out of mind, nuestra crisis deja
poca cabida a discusiones triviales como indigencia, hambre, inexistentes
normas sanitarias y de seguridad industrial.
Los inoperantes ministerios, otrora depositarios de estrictos
reglamentos en áreas de alimentos y fármacos, hoy cuentan con un
aparatchik que utiliza su tiempo y nuestros recursos en comprar drogas
antiretrovirales cuyo vencimiento es delatado por su olor, más caras que
las originales pero de reconocida extracción antillana; defiende a
ultranza la administración de medicamentos envueltos en papel higiénico,
para uso exclusivo de la élite Barrio Adentro mientras ellos estoicamente
recurren a la medicina privada; y miran al horizonte, con el estupor del
deficiente, el horrífico fallecimiento de nueve infelices en pútrida
carnicería del estado Aragua, seres a quienes no alcanzó el plan
Robinson para enseñarles a deletrear "seguridad industrial".
La infestación urbana con envilecidos seres a quienes solamente la
apertura a dentelladas de una bolsa de desechos trasmina el menú, se ha
convertido en el pan nuestro de cada día.
Nuestra clase media, receptora de dietéticos sueldos, almuerza con
chigüi y, el 15, se permite un seco recién extraído de la maleta del
carro de un vendedor de ocasión de comida, disputado a las chiripas que,
en la oscuridad del baúl, transitan plácidamente sobre los alimentos
aún tibios.
En algún centro comercial, una pordiosera pide a una farinácea dama
que come un cachito preparado con desechos de jamón, los restos truncados
del panecillo aún húmedo.
La primera guarda cuidadosamente el trofeo, feliz de haber conseguido
algo de comer parar sus hijos. La segunda, se regodea en su ración de
altruismo del día.
O empezamos a ordenar una mayor ración diaria de ponderación
mediática y exigimos el cumplimiento de conductas coherentes a nuestra
dirigencia o, inspirados en Jonathan Swift, una modesta propuesta podría
ser pasar por el molinillo instituciones e indigencia para preparar una
gran hamburguesa bolivariana.
Paola Pasquali
amarena@cantv.net
Cruzada de valores
Paola Pasquali
Viendo hacia atrás recuerdo al primer mandatario, aún popular,
sentenciar que robar se justificaba (04-02-00). La angustia que me
suscitó la falta de valores en aquel que asumía una posición
ejemplarizante, fue superada por la escandalosa ausencia de respuesta de
su entorno que incluía miembros del poder judicial.
Hace poco, cayó en mis manos un texto escolar que se está utilizando
en ciertas escuelas. Su título: "Educar en valores". Este
pequeño manual discurre entre juegos y simpáticas ilustraciones que
aluden textos de contenido profundamente ético. Sus páginas incluyen
conceptos de resistencia ciudadana no violenta, el valor de la familia, de
la amistad, y mucho más.
Por aquello que algunos llaman sincronicidad, abrí el libro en una
página cuyo ejercicio consistía en escoger la respuesta más acertada de
un problema que planteaba un hombre robando unas manzanas para sus hijos.
Al alumno se le solicitaba escoger entre las opciones:
1. Está bien robar si es por una buena causa; 2. Robar es siempre malo;
3. Robar es bueno si nadie te descubre.
Puede uno imaginar la elección de muchos de los que hoy en día
ostentan cargos de poder, donde la segunda opción debe parecerles, cuando
menos, satánica o golpista. Me entró un segundo aire de tranquilidad.
Algunos docentes de escuelas primarias tienen claro que la formación en
valores y principios, indispensable para crear un país de primera, debe
realizarse en las aulas.
La educación en valores es cosa demasiado seria para quedar en manos
de ineptos, cuyos únicos logros en los últimos años ha sido cambiarle
el nombre a los años de bachillerato, manteniendo el pensum, y someter a
generaciones de estudiantes a una somnífera moral y cívica, formadora de
bostezadores crónicos obligados a leer una retahíla de lugares comunes
estampados en textos de amarillentas hojas calidad papel toilet cruz roja.
La revolución actual, siguiendo la ya trillada nomenklaturafilia, ahora
lo llama educación premilitar, un revoltillo de mal entendida moral y
luces con imbecilidad castrense.
Queda sólo esperar que los hombres del presidente decidan, tras
conciliábulo, organizar un auto de fe en la Plaza Caracas, con círculos
liderados por Savonarola Bernal, para estos novedosos manuales. Sin
embargo, pudiera ser tiempo perdido: la cruzada cívica por la
recuperación de valores y principios empezó y, cual Fahrenheit 451, su
ejército lleva las hojas por dentro.
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