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OPINION Ladrones de FuturoEn la creciente lista de antejuicios contra este gobierno debería existir el de robo de futuro, con malversación de ilusiones. El pueblo venezolano está sumergido en un estado de narcolepsia tan sólo interrumpido por discursos monotemáticos en torno a la situación actual del país. Nos encontramos embarrados en una paupérrima inmediatez, viviendo el día a día con visiones que no trascienden el mañana inmediato. Nuestra agenda del día está pautada por interpelaciones, grabaciones ilícitas, contramarchas, acusaciones absurdas y refutaciones sin sustento. En estos tres años se nos ha deformado nuestro pasado con visiones distorsionadas y acomodaticias de nuestros ancestros. Nuestro pasado, asidero de memorias, terreno para nuestras raíces, ha sido desmembrado, grotescamente reinventado. Nuestro presente, mediocrizado y banalizado, nos hace testigos en el día a día de una barbarización de nuestra sociedad. Los nuevos preceptos de moralidad chavista justifican la mentira, el robo y el crimen en nombre de una "revolución" popular. Nuestra noción del bien y del mal ha quedado desfigurada por los personeros gubernamentales cuya investidura les permite permear sus mensajes transfigurantes y perversos. Del futuro, poco podemos decir. No es ni tan siquiera visible. Nos sentimos como un pueblo de mar a quien se le ha construido un muro de contención a la orilla de la playa, escondiendo la línea del horizonte. Toda visión de futuro, todo sueño, truncado. A los venezolanos se nos ha negado esta necesaria ventana. Aquellos senderos que nos trazamos basados en la excelencia y el progreso son vistos por el gobierno como elementos subversivos, actitudes golpistas y obstaculizadoras de un plan que pretende maniatarnos a un presente decadente. En el lenguaje gubernamental, la piel blanca, las palabras oligarquía y corrupción han pasado a ser sinónimos. Las casas de estudio superior, centros de perversión antirrevolucionaria. Somos unos ciudadanos de confuso pasado, avasallante presente y privados de futuro. Debemos trazar caminos. Recuperar nuestros sueños. Los eventos del 12 de abril son la mejor demostración de esa falta de visión, de esa catastrófica pero casi risible improvisación que trajo como resultado nuestra actual situación. Es de vital importancia que concentremos nuestros esfuerzos para derrumbar ese muro que nos impide ver mas allá del hoy, trazar proyectos concretos que nos indiquen el camino a seguir. Articulista
Paola Pasquali Muy por encima de ser la bandera de la Cuba en el exilio, Celia es el asta de un mundo que está en la búsqueda de un merecidísimo espacio. Su sonoridad, sus hilarantes atavíos, sus rojas uñas en garra, no fueron sino apéndices en un ser, cuya tenacidad, principios democráticos, amor por su familia y por la gran América representa, para muchos, el orgullo de ser latino. Intentar ocultar su existencia, con una ingenua prohibición hertziana de su potente voz e incluso, ignorar su despedida, como alguna borrosa copia de papel carbón ha pretendido hacer, es como renegar Hera a favor de un predestinado y filicida Cronos, actos que navegan entre los mares de la torpeza y la estupidez. Por donde una voltee, hay Celia. Perspira Celia la dama legalista que taconea por los corredores de los tribunales con argollas de oro, en franca sobredosis de maquillaje y ajustada en un taller de lino cuyos botones amenazantes luchan por contener voluptuosas protuberancias siliconadas. Hay Celia en cada niño de nuestras costas que vende, con mirada pícara, afrodisíacos mariscos de dudosa cocción, a impúdicas féminas rollizas cuyas carnes, adheridas a bañadores como mallas de embutidos se acoplan a caballeros de discordante estado civil que ocultan cualquier sugerencia fálica tras una leudada falda adiposa. Y, ¿Donde me dejan a diosa Celia en cada mujer que atiborró las peluquerías aún en días de paro cívico? Y, ¿en las compradoras que gritando a viva voz que están de primeras en una cola inexistente, intentan adquirir nerviosamente ingredientes para unas nunca faltantes hallacas sólo para que sus hijos puedan jactarse con aquel lugar común hallaquiano, aunque mamá sea una emigrante y sus envoltillos de polenta merezcan, más que un elogio, un digestivo? Poseída por Celia, baila tambores la novia, mantuana a ultranza, mientras su delicada mano recoge el blanco vestido de firma adornado con sus 12 apellidos de encajes. Celia no ha muerto. Nos está simplemente dando un espaldarazo. Su desfile es un sacudón a nuestra golpeada autoestima, un último y guapachoso “Dios me los bendiga” dirigido a los que con orgulloso llevan mar Caribe en sus venas.
Manual de desechos Fuerzas combinadas de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR) y del Departamento Técnico de Investigaciones (DTI) arrestaron la semana pasada a más de 300 personas que ingerían alimentos recogidos en los tanques de basura de los hoteles ubicados en la capital del país y en provincia La Habana". Mientras aquella bienaventurada isla resuelve el problema de los "buzos" con la vieja artimaña del out of sight out of mind, nuestra crisis deja poca cabida a discusiones triviales como indigencia, hambre, inexistentes normas sanitarias y de seguridad industrial. Los inoperantes ministerios, otrora depositarios de estrictos reglamentos en áreas de alimentos y fármacos, hoy cuentan con un aparatchik que utiliza su tiempo y nuestros recursos en comprar drogas antiretrovirales cuyo vencimiento es delatado por su olor, más caras que las originales pero de reconocida extracción antillana; defiende a ultranza la administración de medicamentos envueltos en papel higiénico, para uso exclusivo de la élite Barrio Adentro mientras ellos estoicamente recurren a la medicina privada; y miran al horizonte, con el estupor del deficiente, el horrífico fallecimiento de nueve infelices en pútrida carnicería del estado Aragua, seres a quienes no alcanzó el plan Robinson para enseñarles a deletrear "seguridad industrial". La infestación urbana con envilecidos seres a quienes solamente la apertura a dentelladas de una bolsa de desechos trasmina el menú, se ha convertido en el pan nuestro de cada día. Nuestra clase media, receptora de dietéticos sueldos, almuerza con chigüi y, el 15, se permite un seco recién extraído de la maleta del carro de un vendedor de ocasión de comida, disputado a las chiripas que, en la oscuridad del baúl, transitan plácidamente sobre los alimentos aún tibios. En algún centro comercial, una pordiosera pide a una farinácea dama que come un cachito preparado con desechos de jamón, los restos truncados del panecillo aún húmedo. La primera guarda cuidadosamente el trofeo, feliz de haber conseguido algo de comer parar sus hijos. La segunda, se regodea en su ración de altruismo del día. O empezamos a ordenar una mayor ración diaria de ponderación
mediática y exigimos el cumplimiento de conductas coherentes a nuestra
dirigencia o, inspirados en Jonathan Swift, una modesta propuesta podría
ser pasar por el molinillo instituciones e indigencia para preparar una
gran hamburguesa bolivariana. Paola Pasquali amarena@cantv.net Cruzada de valores Viendo hacia atrás recuerdo al primer mandatario, aún popular, sentenciar que robar se justificaba (04-02-00). La angustia que me suscitó la falta de valores en aquel que asumía una posición ejemplarizante, fue superada por la escandalosa ausencia de respuesta de su entorno que incluía miembros del poder judicial. Hace poco, cayó en mis manos un texto escolar que se está utilizando en ciertas escuelas. Su título: "Educar en valores". Este pequeño manual discurre entre juegos y simpáticas ilustraciones que aluden textos de contenido profundamente ético. Sus páginas incluyen conceptos de resistencia ciudadana no violenta, el valor de la familia, de la amistad, y mucho más. Por aquello que algunos llaman sincronicidad, abrí el libro en una
página cuyo ejercicio consistía en escoger la respuesta más acertada de
un problema que planteaba un hombre robando unas manzanas para sus hijos.
Al alumno se le solicitaba escoger entre las opciones: Puede uno imaginar la elección de muchos de los que hoy en día ostentan cargos de poder, donde la segunda opción debe parecerles, cuando menos, satánica o golpista. Me entró un segundo aire de tranquilidad. Algunos docentes de escuelas primarias tienen claro que la formación en valores y principios, indispensable para crear un país de primera, debe realizarse en las aulas. La educación en valores es cosa demasiado seria para quedar en manos de ineptos, cuyos únicos logros en los últimos años ha sido cambiarle el nombre a los años de bachillerato, manteniendo el pensum, y someter a generaciones de estudiantes a una somnífera moral y cívica, formadora de bostezadores crónicos obligados a leer una retahíla de lugares comunes estampados en textos de amarillentas hojas calidad papel toilet cruz roja. La revolución actual, siguiendo la ya trillada nomenklaturafilia, ahora lo llama educación premilitar, un revoltillo de mal entendida moral y luces con imbecilidad castrense. Queda sólo esperar que los hombres del presidente decidan, tras conciliábulo, organizar un auto de fe en la Plaza Caracas, con círculos liderados por Savonarola Bernal, para estos novedosos manuales. Sin embargo, pudiera ser tiempo perdido: la cruzada cívica por la recuperación de valores y principios empezó y, cual Fahrenheit 451, su ejército lleva las hojas por dentro. |