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OPINION

Ladrones de Futuro

En la creciente lista de antejuicios contra este gobierno debería existir el de robo de futuro, con malversación de ilusiones.

El pueblo venezolano está sumergido en un estado de narcolepsia tan sólo interrumpido por discursos monotemáticos en torno a la situación actual del país. Nos encontramos embarrados en una paupérrima inmediatez, viviendo el día a día con visiones que no trascienden el mañana inmediato. Nuestra agenda del día está pautada por interpelaciones, grabaciones ilícitas, contramarchas, acusaciones absurdas y refutaciones sin sustento.

En estos tres años se nos ha deformado nuestro pasado con visiones distorsionadas y acomodaticias de nuestros ancestros. Nuestro pasado, asidero de memorias, terreno para nuestras raíces, ha sido desmembrado, grotescamente reinventado.

Nuestro presente, mediocrizado y banalizado, nos hace testigos en el día a día de una barbarización de nuestra sociedad. Los nuevos preceptos de moralidad chavista justifican la mentira, el robo y el crimen en nombre de una "revolución" popular. Nuestra noción del bien y del mal ha quedado desfigurada por los personeros gubernamentales cuya investidura les permite permear sus mensajes transfigurantes y perversos.

Del futuro, poco podemos decir. No es ni tan siquiera visible. Nos sentimos como un pueblo de mar a quien se le ha construido un muro de contención a la orilla de la playa, escondiendo la línea del horizonte.

Toda visión de futuro, todo sueño, truncado. A los venezolanos se nos ha negado esta necesaria ventana. Aquellos senderos que nos trazamos basados en la excelencia y el progreso son vistos por el gobierno como elementos subversivos, actitudes golpistas y obstaculizadoras de un plan que pretende maniatarnos a un presente decadente. En el lenguaje gubernamental, la piel blanca, las palabras oligarquía y corrupción han pasado a ser sinónimos. Las casas de estudio superior, centros de perversión antirrevolucionaria.

Somos unos ciudadanos de confuso pasado, avasallante presente y privados de futuro.

Debemos trazar caminos. Recuperar nuestros sueños. Los eventos del 12 de abril son la mejor demostración de esa falta de visión, de esa catastrófica pero casi risible improvisación que trajo como resultado nuestra actual situación.

Es de vital importancia que concentremos nuestros esfuerzos para derrumbar ese muro que nos impide ver mas allá del hoy, trazar proyectos concretos que nos indiquen el camino a seguir.

Articulista

 

TAL CUAL LUNES 5 DE AGOSTO DE 2002

L  
Manualito de ética para confesores revolucionarios

Si usted es de los que piensan que lo más espantoso que pueda ocurrirle a un viajero es la perspectiva de un secuestro terrorista de su avión, déjeme decirle que hay algo peor: visitar una librería de aeropuerto. En ellas podrá constatar que siglos de estudio y sabiduría en los más diversos ámbitos han quedado reducidos a manualitos de autoayuda, librillos de pocas páginas con instrucciones claras y precisas, enumeradas y clasificadas en degradée como creyones en una caja de Prismacolor.

Desfilarán ante sus asombrados y horrorizados ojos, títulos del calibre de: Cómo atrapar un hombre en 6 cómodas lecciones, Sea feliz en un tris, De buhonero a empresario en tres días, Cúrese la candidiasis vaginal con el poder de la mente y el siempre presente Cocina práctica a partir de desechos.

En países que asumen este tipo de literatura (sic) con algún sarcasmo, los títulos van precedidos de un How to bluff your way in..., que se traduciría aproximadamente en: Meta la coba en.... En los puntitos que siguen a esta frase, nuestro ávido lector de conocimientos predigeridos ubicará el tema de interés del día, producto de una conversa de cafetín o sugerido por el reality show que vio ese día, en televisión, a la hora del desayuno.

Estamos pues ante la presencia de una suerte de fast food cultural o, para entendedores, una tropilonchera de conocimientos.

Mirando nuestro entorno político -donde la realidad orwelliana supera con creces cualquier ficción- llegamos fácilmente a la conclusión de que, ante la ausencia de algo mejor, un compacto manualito de filosofía estilo aeropuerto podría llenar, aunque sea parcialmente, este vacío estructural.

Esta guía práctica de filosofía desacidificada, algo así como filogastro, para ayunos morales, podría estar a la venta en los más concurridos aeropuertos y de distribución gratuita en nuestros ministerios. Un Conny Méndez de Etica o Diet-Aristóteles.

El formato sería muy chiquitito, tamaño bicha, y su contenido evitaría referencias fastidiosas a Hipócrates, San Agustín o Juan Nuño. Su lenguaje sencillo y desarrollado paso a paso, cual método Yamaha.

Cualquiera que fuere el título, debería incluir un apéndice llamado "Procedimientos políticamente correctos para psiquiatras y confesores de revolucionarios", donde se le enseñaría a estos señores -tradicionalmente "suprapartes" y vinculados por juramentos a Dios e Hipócrates al secreto profesional- la inconveniencia de declarar desfachatadamente en los medios su apoyo a una revolución o, como en el caso del cura Gazo, sacar a relucir las intimidades --con fines políticos- de un confesado para desprestigiarlo, máxime si dicho confesado es la esposa de un presidente en ejercicio.

Promocionar este manual de agradable lectura nos debería reducir el riesgo de ser atropellados con frases como: "Mi filosofía de vida es...", "Cada quien tiene su verdad", y quizás, con algo de suerte y un buen marketing, llegue a manos del confesor revolucionario, quien, posterior a una lectura detenida y meditada, evite la bochornosa situación de salir por prensa a jactarse de ser el confesor de una figura pública y utilizar el secreto de la confesión para darnos el tubazo del día.

 

Paola Pasquali

Más
Celia que nunca

Paola Pasquali

amarena@cantv.net

 El tránsito de Celia – en majestuosa  peluca, lentes sobredimensionados y  bemba colorada- por la sofisticada Quinta Avenida, cual entierro de mandatario de primer mundo, es un canto a nuestra América costeña, la proskínesis  anglosajona a nuestra sirena de cantos azucarados.

Muy por encima  de ser la bandera de la Cuba en el exilio, Celia es el asta  de  un mundo que está en la búsqueda de un merecidísimo espacio. Su sonoridad, sus hilarantes atavíos, sus rojas uñas en garra, no fueron  sino apéndices en un ser, cuya tenacidad,  principios democráticos, amor por su  familia y por la gran América representa, para muchos, el orgullo de ser latino.

Intentar ocultar su existencia, con una ingenua prohibición hertziana de su potente voz  e incluso, ignorar su despedida,  como alguna borrosa copia de papel carbón ha pretendido hacer, es como renegar  Hera  a favor de un predestinado y filicida Cronos, actos que navegan  entre los mares  de la torpeza  y  la estupidez.

Por donde una voltee, hay Celia.

Perspira Celia la dama legalista que taconea por los corredores de los tribunales con argollas de oro, en franca  sobredosis de maquillaje y ajustada en un  taller de lino cuyos botones amenazantes luchan por contener voluptuosas protuberancias siliconadas.

Hay Celia en cada niño de nuestras costas que  vende, con mirada pícara, afrodisíacos  mariscos de dudosa cocción, a impúdicas féminas rollizas cuyas carnes, adheridas a bañadores como mallas de embutidos se  acoplan a caballeros de discordante estado civil que ocultan cualquier sugerencia fálica tras una leudada falda adiposa.

Y, ¿Donde me  dejan a   diosa  Celia  en cada mujer que atiborró las peluquerías  aún en días de paro cívico? Y,   ¿en las  compradoras que gritando a viva voz que están de primeras en una cola inexistente,   intentan adquirir nerviosamente  ingredientes para unas nunca faltantes hallacas sólo para que sus hijos  puedan  jactarse con aquel  lugar común hallaquiano, aunque mamá sea una emigrante y sus envoltillos de polenta  merezcan, más que un elogio, un digestivo?

Poseída por Celia, baila tambores la novia, mantuana a ultranza, mientras su delicada mano recoge el blanco vestido de firma adornado con sus  12 apellidos de encajes.

Celia no ha muerto. Nos está simplemente dando un espaldarazo. Su desfile es un sacudón  a nuestra golpeada autoestima, un  último y guapachoso “Dios me los bendiga”  dirigido a los que con orgulloso llevan  mar Caribe  en sus venas. 


Pedradas al ataúd

En las circunstancias actuales, la capacidad de asombro es sinónimo de sensibilidad, de humanitas. La sociedad venezolana con sus militares que baten mujeres por el suelo, eructan a micrófonos ante la mirada complacida de superiores y apedrean el ataúd que contiene los restos aún tibios de un sacerdote recién fallecido de cáncer se ha convertido en lo que el escritor Paul Steinberg calificaría, sin titubeo, una verdadera maquinaria de la deshumanización.

Intento encontrar, por mera sobrevivencia, algún vestigio humanizable en el grupo social que permite que sus almas sean envilecidas por esta obra de animalización.

Recuerdo haber leído algunos años atrás unas reminiscencias del escritor español Semprún, quien decidió regresar al campo de concentración de Buchenwald donde había sido prisionero durante algunos años de su vida. Quería visitar una pequeña casa en la colina, que él lograba divisar desde su cautiverio.

A la amable señora que lo recibió le pidió que lo llevara al balcón con vista a las chimeneas del campo y le preguntó qué pensaba cuando el aire, impregnado de cenizas se saturaba de muerte. Su respuesta: "A mí también me mataron un hijo".

Escuché esa respuesta años después cuando, en una discusión con una simpatizante del actual gobierno, molesta por la colocación de la media asta que conmemoraba las muertes en la plaza Altamira, me dijo: "Yo tuve que llorar la muerte de un hijo a solas. Que cada quién se llore el suyo".

En otra ocasión, estando en una reunión donde se comentaba el triste accidente que postraría en cama a un gran profesor amigo, uno de los presentes comentó, en son jocoso: "¡Quién le manda a ser chavista!".

Hace pocos días, un compañero de estudios de mi hija, al enterarse de la muerte del Cardenal, lanzó una sonora carcajada en el salón de clases cuando la profesora comentó la posibilidad que la muerte hubiese sido por cáncer de mama. El joven exclamó entre risas: "Vaya colmo para un hombre: morir de cáncer de mama".

No dudo en que se puedan reestructurar las empresas y hospitales destruidos en estos años de debacle. Pero, ¿correrán la misma suerte nuestros maltrechos espíritus o quedaremos, como por magia de Circe, en los animales que nos han convertido?


Paola Pasquali

amarena@cantv.net

Manual de desechos
Cubanet. La Habana, 27 de septiembre del 2002.

Fuerzas combinadas de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR) y del Departamento Técnico de Investigaciones (DTI) arrestaron la semana pasada a más de 300 personas que ingerían alimentos recogidos en los tanques de basura de los hoteles ubicados en la capital del país y en provincia La Habana".

Mientras aquella bienaventurada isla resuelve el problema de los "buzos" con la vieja artimaña del out of sight out of mind, nuestra crisis deja poca cabida a discusiones triviales como indigencia, hambre, inexistentes normas sanitarias y de seguridad industrial.

Los inoperantes ministerios, otrora depositarios de estrictos reglamentos en áreas de alimentos y fármacos, hoy cuentan con un aparatchik que utiliza su tiempo y nuestros recursos en comprar drogas antiretrovirales cuyo vencimiento es delatado por su olor, más caras que las originales pero de reconocida extracción antillana; defiende a ultranza la administración de medicamentos envueltos en papel higiénico, para uso exclusivo de la élite Barrio Adentro mientras ellos estoicamente recurren a la medicina privada; y miran al horizonte, con el estupor del deficiente, el horrífico fallecimiento de nueve infelices en pútrida carnicería del estado Aragua, seres a quienes no alcanzó el plan Robinson para enseñarles a deletrear "seguridad industrial".

La infestación urbana con envilecidos seres a quienes solamente la apertura a dentelladas de una bolsa de desechos trasmina el menú, se ha convertido en el pan nuestro de cada día.

Nuestra clase media, receptora de dietéticos sueldos, almuerza con chigüi y, el 15, se permite un seco recién extraído de la maleta del carro de un vendedor de ocasión de comida, disputado a las chiripas que, en la oscuridad del baúl, transitan plácidamente sobre los alimentos aún tibios.

En algún centro comercial, una pordiosera pide a una farinácea dama que come un cachito preparado con desechos de jamón, los restos truncados del panecillo aún húmedo.

La primera guarda cuidadosamente el trofeo, feliz de haber conseguido algo de comer parar sus hijos. La segunda, se regodea en su ración de altruismo del día.

O empezamos a ordenar una mayor ración diaria de ponderación mediática y exigimos el cumplimiento de conductas coherentes a nuestra dirigencia o, inspirados en Jonathan Swift, una modesta propuesta podría ser pasar por el molinillo instituciones e indigencia para preparar una gran hamburguesa bolivariana.

Paola Pasquali

amarena@cantv.net

Cruzada de valores
Paola Pasquali

Viendo hacia atrás recuerdo al primer mandatario, aún popular, sentenciar que robar se justificaba (04-02-00). La angustia que me suscitó la falta de valores en aquel que asumía una posición ejemplarizante, fue superada por la escandalosa ausencia de respuesta de su entorno que incluía miembros del poder judicial.

Hace poco, cayó en mis manos un texto escolar que se está utilizando en ciertas escuelas. Su título: "Educar en valores". Este pequeño manual discurre entre juegos y simpáticas ilustraciones que aluden textos de contenido profundamente ético. Sus páginas incluyen conceptos de resistencia ciudadana no violenta, el valor de la familia, de la amistad, y mucho más.

Por aquello que algunos llaman sincronicidad, abrí el libro en una página cuyo ejercicio consistía en escoger la respuesta más acertada de un problema que planteaba un hombre robando unas manzanas para sus hijos. Al alumno se le solicitaba escoger entre las opciones:
1. Está bien robar si es por una buena causa; 2. Robar es siempre malo; 3. Robar es bueno si nadie te descubre.

Puede uno imaginar la elección de muchos de los que hoy en día ostentan cargos de poder, donde la segunda opción debe parecerles, cuando menos, satánica o golpista. Me entró un segundo aire de tranquilidad. Algunos docentes de escuelas primarias tienen claro que la formación en valores y principios, indispensable para crear un país de primera, debe realizarse en las aulas.

La educación en valores es cosa demasiado seria para quedar en manos de ineptos, cuyos únicos logros en los últimos años ha sido cambiarle el nombre a los años de bachillerato, manteniendo el pensum, y someter a generaciones de estudiantes a una somnífera moral y cívica, formadora de bostezadores crónicos obligados a leer una retahíla de lugares comunes estampados en textos de amarillentas hojas calidad papel toilet cruz roja. La revolución actual, siguiendo la ya trillada nomenklaturafilia, ahora lo llama educación premilitar, un revoltillo de mal entendida moral y luces con imbecilidad castrense.

Queda sólo esperar que los hombres del presidente decidan, tras conciliábulo, organizar un auto de fe en la Plaza Caracas, con círculos liderados por Savonarola Bernal, para estos novedosos manuales. Sin embargo, pudiera ser tiempo perdido: la cruzada cívica por la recuperación de valores y principios empezó y, cual Fahrenheit 451, su ejército lleva las hojas por dentro.